Sobre la vereda de mi pobre barrio en ruinas,

Junto a los mismos rostros olvidados,
pareciera que la luna escribiera sobre tu rostro,
una tenue melodía en colores.
Y es que te pareces tanto a tu figura de antaño,
escondida en un desorden cotidiano,
bajo las cajas de tu habitación secreta.
Sentada en el andén:
Recipiente de ilusiones infantiles,
me confiaste el mundo,
como si los péndulos de todas las cosas
se detuvieran en mis manos.
Pensaste que sin relojes las horas son más largas
y lanzaste el teléfono por la ventana,
para así escuchar un aleteo de pájaros
secretos en el silencio.
Aún eres una chiquilla caprichosa del siglo veinte,
una muñeca con vestido nuevo, una imagen nocturna,
rodeada por un telón de empinados edificios
que se hunden lentamente bajo la tierra.
En tu ventana, la luminosa imagen de un espejo,
las estaciones que corren sobre las líneas del metro
con ansias de volver a aquella confusa sinfonía,
ruidos de madera, y nidos de pájaros.
Maquillado reflejo de alma adolescente,
quedaste un día en la memoria del viento,
como tantos otros rostros olvidados,
por los vagones y por los edificios sumergidos
del centro.

