viernes, 13 de abril de 2012

Pérdida de tiempo



Una caminata a lo largo de un trozo de mundo.
Un intento inútil sobre otro nombre.
Una caminata por el cemento. 
Uno que otro paso involuntario,
uno que otro sentimiento enajenado.


He visto las carreteras comerse la tierra
a pedazos,
las risas de los niños que hoy 
provocan llanto,
como una imagen de la contradicción
en el diccionario ilustrado 
del dolor. 

Las palabras que se oponen a los actos,
no fueron más que otra disculpa
de otro hombre en otro tiempo

Me imagino dónde estará la antigua casa,
que pareció salir disparada de mis
alucinaciones, sentir el oxigeno 
que me envuelve con sus manos, 
como las tuyas,
que aparecen de repente
entre la multitud casi imperceptible, 
como un puñado de gente.

Me parece ajena mi sombra, 
que en el suelo reposa
entre las piedras, 
como el anuncio anticipado
de la muerte del sol.

Me parece ajeno mi cuerpo, 
que en el espejo me desconoce, 
y me viste con ropas
que vendí hace algún tiempo,
pero los relojes
aun siguen corriendo a mi lado 
y no hay retorno, después
del vaso roto.








sábado, 7 de abril de 2012

Una ventana entreabierta nos mira desde afuera





Diluida en el seno de la tierra,
cantora de los más bellos versos, apareciste un día,
dando alimento al hijo dormido que llevas dentro.

Yo quisiera preguntarte cada tarde
cómo el pan se apodera de la suerte del hombre,
cómo la sombra se estremece en las noches,
de qué forma apareces cada día
y qué ojos brotarán en tu vasija.

Con esmero dispuse mi oído furibundo,
casi ciego, en el ombligo de tus terrenos vírgenes.
Una ventana entreabierta nos mira desde afuera.


En el pequeño río corren las piernas de los niños,
crispados o alegres, sombríos o brillantes,
son la extensión de tu cuerpo casi extinto,
que conoce los sabores amargos de un mate tibio,
de un trago solitario.

Uno de ellos parece algo enfermo,
está moquillento y congelado
-parece ser herencia de su pobreza- el otro,
un retrato grisáceo en la pared de tu pieza sombría,
desde afuera, una ventana entreabierta los cuida.


Haz aparecido tantas veces de la nada como apareces siempre,
corriendo entre las matas suspendidas bajo tus piernas,
sobre las alegres molleras,
para así limpiar las manos al futuro que se avecina.

La muerte toca tu puerta, mientras, suavemente,
sacudes los “potitos cochinos”
y es que estas demasiado ocupada para oírla,
demasiado sufrida para sufrirla. 

No cabe una astilla en tu corazón de madre,
no cabe un desierto en tu labor abnegada
y es que la tierra desde lejos te vio nacer diluida,
como un pájaro se diluye lánguido en el celeste firmamento
por sobre la alborada.

Pasarás volando sin alas ni carruaje
-simplemente conducida por el cansancio-
ni con otro regalo que no sea tu propio rostro,
ni pasarás sin una mano extendida,
por la oscura ventana entreabierta 
que nos mira.