A
veces aparezco despierto en la soledad, mi única amiga, como un puñado de nada
y desaparezco. Los centímetros que me separan de todo, me parecen ríos
caudalosos y el ruido de las rocas en el fondo, son las cicatrices que aparecen
en mis hombros.
Tu
cara se desliza automáticamente por cada segundo de mi ojo, la pupila se
contrae.
Ya
es hora de apagar los despertadores.
Nadie
entiende lo que digo: ni los perros incansables, que hoy sigo como invitándolos
a la locura, ni tampoco los faroles de los buques en el fondo del cielo. A
veces grito con desprecio a las paredes, a los catres y a las láminas
ilustradas, para acostumbrarlas al naufragio de los días que pasan sobre las
redes, pero no logran escucharme.
No
tengo certeza de lo absoluto ni de lo cierto, solo aconsejo a unos cuantos
bandidos del viejo mundo, pero da igual, nadie entiende lo que digo. Menos aún
en los obituarios; miro los cajones de manzanas, las mallas de papas y los
ataúdes cerrados de la primavera y nadie los toca.
A
veces aparezco sobre los trenes, que de madrugada recorren los parques y miro a
la muchacha más linda del vagón, como si no lo hicieran todos cada dos días. Su
lectura rápida me sorprende y me agobia al encontrar los restos de sus
recuerdos tirados como papeles del guater. Los muertos se han dormido y ya no
puedo despertarlos, quizás si les hablo ahora puedan entenderme.
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