sábado, 7 de abril de 2012

Una ventana entreabierta nos mira desde afuera





Diluida en el seno de la tierra,
cantora de los más bellos versos, apareciste un día,
dando alimento al hijo dormido que llevas dentro.

Yo quisiera preguntarte cada tarde
cómo el pan se apodera de la suerte del hombre,
cómo la sombra se estremece en las noches,
de qué forma apareces cada día
y qué ojos brotarán en tu vasija.

Con esmero dispuse mi oído furibundo,
casi ciego, en el ombligo de tus terrenos vírgenes.
Una ventana entreabierta nos mira desde afuera.


En el pequeño río corren las piernas de los niños,
crispados o alegres, sombríos o brillantes,
son la extensión de tu cuerpo casi extinto,
que conoce los sabores amargos de un mate tibio,
de un trago solitario.

Uno de ellos parece algo enfermo,
está moquillento y congelado
-parece ser herencia de su pobreza- el otro,
un retrato grisáceo en la pared de tu pieza sombría,
desde afuera, una ventana entreabierta los cuida.


Haz aparecido tantas veces de la nada como apareces siempre,
corriendo entre las matas suspendidas bajo tus piernas,
sobre las alegres molleras,
para así limpiar las manos al futuro que se avecina.

La muerte toca tu puerta, mientras, suavemente,
sacudes los “potitos cochinos”
y es que estas demasiado ocupada para oírla,
demasiado sufrida para sufrirla. 

No cabe una astilla en tu corazón de madre,
no cabe un desierto en tu labor abnegada
y es que la tierra desde lejos te vio nacer diluida,
como un pájaro se diluye lánguido en el celeste firmamento
por sobre la alborada.

Pasarás volando sin alas ni carruaje
-simplemente conducida por el cansancio-
ni con otro regalo que no sea tu propio rostro,
ni pasarás sin una mano extendida,
por la oscura ventana entreabierta 
que nos mira.





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