Diluida
en el seno de la tierra,
cantora
de los más bellos versos, apareciste un día,
dando
alimento al hijo dormido que llevas dentro.
Yo
quisiera preguntarte cada tarde
cómo
el pan se apodera de la suerte del hombre,
cómo
la sombra se estremece en las noches,
de
qué forma apareces cada día
y qué ojos brotarán en tu vasija.
y qué ojos brotarán en tu vasija.
Con
esmero dispuse mi oído furibundo,
casi
ciego, en el ombligo de tus terrenos vírgenes.
Una
ventana entreabierta nos mira desde afuera.
En
el pequeño río corren las piernas de los niños,
crispados
o alegres, sombríos o brillantes,
son
la extensión de tu cuerpo casi extinto,
que
conoce los sabores amargos de un mate tibio,
de
un trago solitario.
Uno
de ellos parece algo enfermo,
está
moquillento y congelado
-parece
ser herencia de su pobreza- el otro,
un
retrato grisáceo en la pared de tu pieza sombría,
desde
afuera, una ventana entreabierta los cuida.
Haz
aparecido tantas veces de la nada como apareces siempre,
corriendo
entre las matas suspendidas bajo tus piernas,
sobre
las alegres molleras,
para
así limpiar las manos al futuro que se avecina.
La
muerte toca tu puerta, mientras, suavemente,
sacudes
los “potitos cochinos”
y
es que estas demasiado ocupada para oírla,
demasiado
sufrida para sufrirla.
No
cabe una astilla en tu corazón de madre,
no
cabe un desierto en tu labor abnegada
y
es que la tierra desde lejos te vio nacer diluida,
como
un pájaro se diluye lánguido en el celeste firmamento
por
sobre la alborada.
Pasarás
volando sin alas ni carruaje
-simplemente
conducida por el cansancio-
ni
con otro regalo que no sea tu propio rostro,
ni
pasarás sin una mano extendida,
por
la oscura ventana entreabierta
que nos mira.
que nos mira.

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