La tristeza me visita como el mejor de mis amigos
no pregunta, ni toca la puerta, solo se sienta a contarme
su acostumbrada historia.
Yo lo escucho como pidiéndole ayuda,
como si mis oídos fueran una extensión extinta de mi cuerpo,
me abraza y llora conmigo,
juntos cantamos la melodía del abatido,
el trago no falta
juntos cantamos la melodía del abatido,
el trago no falta
y todos los vasos son rebalsados y vaciados.
No espero de lo seguro algo que me de la vida,
la incertidumbre es un arma afilada y dispuesta,
la tarde nos entrega malas noticias y si todo parece resuelto
o finalizado,
en ocasiones, no es la mejor manera de enfrentarse a sí
mismo.
La espera es un momento de la eternidad que me parece
demasiado largo,
el espacio entre lo que se dirá y lo dicho es la ensoñación
y la angustia más grande, no hay peor momento
que la espera.
La soledad parece una tregua, el amor no es sino un instante
imperceptible,
las manos no sudan ni tiemblan por amar,
ni la soledad quisiera tomarse un descanso entre soledades,
todo se vuelve inquieto, el devenir es la imagen del río que
corre,
pero yo me encuentro detenido, nervioso,
esperando.
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