Cuando
al final de la mañana se despierten mis sentidos,
te hallaré; en los faroles y en las vitrinas viejas,
las figuras circulares de los jarrones de greda
te hallaré; en los faroles y en las vitrinas viejas,
las figuras circulares de los jarrones de greda
serán tu cuerpo, cada cisne mudo,
cada visión simbólica robará un
fragmento de tu rostro,
serás aquel fantasma de la niña muerta
que aparece tras las cortinas,
que aparece tras las cortinas,
tras las máscaras de los festivales antiguos:
Que también te
conservan.
Tantos
recuerdos correrán con un solo rostro,
como las piedras que transitan por las
siembras de tu huerto,
tomando calmados su rumbo al vacío pues de él
son hijos
prematuros.
El
reflejo de la noche, que se deshace a la distancia,
como las imágenes
diseminadas de un espejo roto;
entra en el sentir enajenado aun cuando todo parece
vacío,
abriga al mundo, deshace los granos de trigo con paciencia.
En un período
anterior a la erosión
de las piedras –yaciendo en el suelo,
de las piedras –yaciendo en el suelo,
sin nombre- le sonreirás
al viento
y a la brisa que venía a levantarte la falda.
¡Y
la piedra volverá a su lugar de origen!
Tocará nuestra puerta bajo la tierra.
En
este pueblo, cantan las aves sobre los viejos tejados
y sus alas comprimen
perfectamente el aire en su vientre,
tal lo hiciéramos en las tardes;
recogiendo semillas entre los columpios,
recogiendo semillas entre los columpios,
forjando una sonrisa bajo nuestro
techo,
tocaremos la espalda del futuro en un gesto repentino,
de gratitud y nostalgia
de gratitud y nostalgia
y así murmurar un -Te amo- al mirar un punto fijo en el cielo,
que no
es más que el inicio del tiempo.

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