lunes, 14 de mayo de 2012

¿Qué queda de los otros?



Cuando recordamos a los hermanos,
a los taciturnos forajidos,
Cuando recordamos a nuestros padres,
los que parecieron ser nuestro retrato cuando niños
No queremos olvidar las mañanas deambulando en la calle,
solos o con amigos,
ni tampoco a los hijos de nuestras manos,
con sus rodillas y sus vestidos.

Pero ¿qué queda de los otros? de los antiguos,
¿qué pasó con los padres de los rostros caídos?
lo que fue de sus preguntas y de sus pies heridos,
lo que cayó sobre sus hombros
como la fiebre, el hambre o el frío.
No quedó más que el desconcierto de esos hombres
ante todo lo sabido,  como las respuestas tragamos
sobre la tierra y lo desconocido.

No he llamado a la tarde por su nombre,
la verdad es que no quiero asumir nada por recelo.
Todo niño se preguntará una noche de qué está hecho el cielo,
aunque la respuesta brote día a día
de la frente sudorosa del supuesto ingenuo.

Puede que nuestros abuelos sean como niños frente al tiempo,
Puede que nuestros ojos  envejezcan como ellos.

No volveremos a mirar los ojos de nuestros ancestros.
Pese a esto, los visitamos en sus modestas casas en el cementerio,
parece que los buscamos en los cielos
como flechas lanzadas por un ciego,
pero solo queda decir que las flores y los helechos
guardan cada segundo de ellos en su cuerpo

Aún miramos al cielo como diciendo
¿Dónde estarán todos quienes se han ido tan lejos?
pero no hay sonido ni murmullo más sincero,
que el de las hojas movidas suavemente por el viento,
ni remedio tan simple como hablarle a las piedras en el suelo,
para darnos cuenta que somos y estamos hechos de lo mismo
que todo el resto.

Donde sino aquí,
están los padres y los abuelos,
donde sino aquí,
los tiempos pasados y los venideros,
donde sino en los bosques, en los sauces, en los cerros,
donde más, sino en  los brotes, de este pequeño jardín
que envejece en silencio.


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