Cuando recordamos a los hermanos,
a
los taciturnos forajidos,
Cuando
recordamos a nuestros padres,
los
que parecieron ser nuestro retrato cuando niños
No
queremos olvidar las mañanas deambulando en la calle,
solos
o con amigos,
ni
tampoco a los hijos de nuestras manos,
con
sus rodillas y sus vestidos.
Pero
¿qué queda de los otros? de los antiguos,
¿qué
pasó con los padres de los rostros caídos?
lo
que fue de sus preguntas y de sus pies heridos,
lo
que cayó sobre sus hombros
como
la fiebre, el hambre o el frío.
No
quedó más que el desconcierto de esos hombres
ante
todo lo sabido, como las respuestas
tragamos
sobre
la tierra y lo desconocido.
No
he llamado a la tarde por su nombre,
la
verdad es que no quiero asumir nada por recelo.
Todo
niño se preguntará una noche de qué está hecho el cielo,
aunque
la respuesta brote día a día
de
la frente sudorosa del supuesto ingenuo.
Puede
que nuestros abuelos sean como niños frente al tiempo,
Puede
que nuestros ojos envejezcan como ellos.
No
volveremos a mirar los ojos de nuestros ancestros.
Pese
a esto, los visitamos en sus modestas casas en el cementerio,
parece
que los buscamos en los cielos
como
flechas lanzadas por un ciego,
pero
solo queda decir que las flores y los helechos
guardan
cada segundo de ellos en su cuerpo
Aún
miramos al cielo como diciendo
¿Dónde
estarán todos quienes se han ido tan lejos?
pero
no hay sonido ni murmullo más sincero,
que
el de las hojas movidas suavemente por el viento,
ni
remedio tan simple como hablarle a las piedras en el suelo,
para
darnos cuenta que somos y estamos hechos de lo mismo
que
todo el resto.
Donde
sino aquí,
están
los padres y los abuelos,
donde
sino aquí,
los
tiempos pasados y los venideros,
donde
sino en los bosques, en los sauces, en los cerros,
donde
más, sino en los brotes, de este pequeño
jardín
que
envejece en silencio.

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